Entre la Calle España y Mendoza, por Ignacio de la Roza,  éramos un mar de algarabía,  un encuentro multitudinario, entre miles de rostros extraños y  anónimos, que nos abrazábamos sobre la geografía del cemento.

 

El retorno de la Democracia, después de la noche de la Dictadura, abría el regreso de la Política y de la participación popular. Allí, parado frente a la Plaza de Mayo, apretujado contra la pared de la Catedral, vibraba, con mis veintidós años, al compás del Preámbulo de la Constitución que el discurso de Alfonsín recitaba al irse despidiendo. Allí también nos hicimos Uno, con  Italo Lúder y el Chaqueño Bittel, la fórmula peronista que sería derrotada, luego, en aquel 30 de Octubre de 1983. Si los militares, en retirada, habían dejado algo bueno, eso fue el ansiado y movilizado pueblo argentino, anhelando volver al ejercicio de su soberanía truncada.

El encanto de la sociedad con la Democracia, se fue opacando en el transcurrir de los años, al ver que con ella sola, no comía, no se curaba ni se educaba. Sin embargo, no la abandonamos y renovamos la fe en ella, como cuando el pueblo apoyó a Alfonsín frente a  los carapintadas o ante el terror de la Tablada. A la par, el emergente económico y la sociedad del consumo se abría,  a pasos agigantados, en un mundo, dónde el Neoliberalismo, empezaba a marcar, a paso lento, pero sin pausas, el fin del Estado Benefactor en los países capitalistas centrales. Ahí, pegado, también,  la caída del muro de Berlín, marcaba el inicio de un nuevo tiempo para el mundo occidental: la culminación de la guerra fría y el surgimiento del unilateralismo, con la hegemonía mundial, casi indiscutida de EE. UU.

En Argentina, aquellos hechos, coincidieron con el arribo anticipado del Peronismo Menemista al poder y de su mano, el, ahora conocido: ajuste estructural; junto con ello, el desmantelamiento del estado empresario, la deuda externa y la adecuación al proceso de globalización capitalista. Argentina se vio sacudida, como ahora, por los paros, las movilizaciones sindicales y la presencia inédita de nuevos protagonistas públicos: los movimientos sociales (conformados por la estela de desocupados, consecuencia de las privatizaciones y del flujo de capitales especulativos). El derrotero democrático, al coro del.. “que se vayan todos”, frustrado en sus valores más nobles, hizo crisis, en las jornadas sangrientas del 2001. La iconográfica figura del helicóptero, elevándose desde  la Casa Rosada, sobrevuela desde entonces como un  recuerdo oscuro, en el inconsciente colectivo. A la transición,  Duhalde, la hubiera coronado impecable, si la mancha de Kosteki y Santillán, en manos de la represión policial no hubiera enlutado los laureles de la República.

Una enseñanza positiva, al menos fue que los argentinos resolvimos la crisis dentro de la Constitución, sin golpes, la Democracia mostró, otro sano anticuerpo. En los doce años del Peronismo Kirchneristas, la democracia sustrajo del indulto, la lesión perpetrada a los derechos humanos, reconoció derechos, políticos( mujeres, a los jóvenes); derechos sociales a los más débiles (amas de casas, a los desocupados, a los despedidos en edad de jubilarse,  a los marginados) e igualó en derechos a las minorías,  pero en derredor retornó el   abismo, menos virulento, que en el pasado, pero con similar intensidad. Dos Argentinas se tensan hoy,  a pesar de que el 2015 prometía reencuentros. Un presupuesto ajustado, ojos vigilantes de la Banca mundial, indicadores económicos a la baja   y el modelo autoritario de la elección brasilera,  parecen no augurar tiempos felices a esta Democracia que acaba de cumplir sus treinta cinco años.