La Cultura es una campo tan amplio que no deja de tenerse en cuenta cuando de explicar, la historia social y humana.

No falta nunca una cita obligada al tipo de cultura de un pueblo o de una época para poder entenderlo cuando se lo mira ya, con fines históricos, científicos o, por pura curiosidad. Una pregunta que podríamos hacernos es, ¿cómo es nuestra cultura  social hoy? Al respecto están cargados los libros de autores muy vendidos que han, con rigor, expuesto sobre lo que culturalmente somos. Aclaremos que cultura es todo, lo que pensamos, lo que hacemos, lo que hablamos, lo que vestimos y lo que artísticamente creamos. De ahí que lo cultural supone la  subjetividad,  imaginarios y hasta  destrezas organizativas.

 

El chileno  Norbert Lechner en sus escritos  advierte sobre los peligros que pesan hoy sobre nuestra cultura. Los actuales marcos son para él, la  globalización;  la creciente individuación;  la sociedad de consumo, el   desplazamiento de la ética y la mediatización de la comunicación.  En cuanto a la globalización, apunta Lechner, que no se reduce sólo a los procesos económicos y sociológicos sino que incluye una redefinición de límites espaciales, de horizontes temporales, de tal manera que se desdibujan las fronteras. La  individualización se manifiesta como desapego de lazos sociales y termina  provocando inusitadas demandas de autorrealización. Mientras que, la sociedad de consumo provoca el deseo infinito por el consumo y   la diferenciación social. La estética desplaza a la ética y el centro de valoración social  pasa a  ser la apariencia y no el ser mismo.

Como corolario la cultura mediática acompaña, por su parte, con el culto a la imagen y a las marcas, renovando la perspectiva cognitiva, con una nueva temporalidad, una vivencia instantánea y un presentismo permanente. Las consecuencias, dice Lechner, de  la nueva cultura son: cambios de  pautas de sociabilidad, menos  importancia de la palabra, fragmentación del  tiempo social,  multiplicidad de códigos interpretativos, disolución del sentido de lo común, aceleramiento y obsolescencia de las experiencias, con una idea de  presentismo histórico que deja sin sentido el pasado. La perspectiva pesimista de la cultura actual se ve muy marcada en pensadores como John Zerzan, Ernesto Laclau, Richard Kearney, kroker y Cook, etc. Todos, de distintas maneras, coinciden en describir a la vida actual como posmoderna, como una paisaje de desintegración y decadencia, un ¿qué más da?, un  construccionismo social y una expansiva visión de que no hay grandes ideas ni valores en que creer.

Es cierto que tal descripción refleja parte de la vida hoy, pero especialmente en el  mundo avanzado. Hay  países con alto grado de desarrollo, que han alcanzado inusitado progreso material, pero  a la vez han pagado un alto costo. Altos índices de suicidios, enfermedades depresivas y pérdida del sentido de la vida, desvinculación comunitaria, matrimonial de familias, pocos nacimientos, apatía política, desinterés por fundamentos de la vida social y política, materialismos filosóficos y alto grado de pérdida de la fe religiosa, son entre otras, las formas culturales de la agenda del progreso político y económico sin desarrollo moral y espiritual.

Aunque nuestros países y obviamente Argentina, están impactados en gran medida  por los flujos culturales de la era actual y del capitalismo mundial, como no podría ser de otra manera, hay un amplio margen, aún, de esperanzas por un futuro mejor, hay optimismo social que anida en los corazones, hay sueños, expectativas y anhelos que aunque están inconclusos se nutren de visiones humanistas, solidarias,  de liberación, hay participación, movilización social, propuestas, acciones colectivas multitudinarias por valores como la justicia social, la libertad, los derechos humanos, la integración latinoamericana, la soberanía política, la democracia, etc. Las amplias mayorías del pueblo argentino, no odian, no ha perdido la esperanza de que un mundo mejor es posible. No somos una sociedad cegada por el odio racial, el ateísmo, el militarismo y la guerra, somos  creyentes, apostamos a la familia, a los hijos, al trabajo, a la educación, a la producción, todo eso  nos invita a pensar que  a pesar de nuestros fracasos materiales, de nuestra incapacidad para definir un programa económico que desarrolle las fuerzas productivas, que distribuya la riqueza con equidad ( lo cual también es consecuencia de la intervención intencionada de intereses internos y externos) , tenemos todavía renovada creencia que es posible vivir un país y un mundo mejor, más allá de los que eventualmente gobiernen y de sus políticas.

También nuestro pueblo sabe que hay fuerzas que predican el desaliento y la pérdida de autoestima, que predican el odio racial, la xenofobia, la  guerra de todos contra todos, que piden autoritarismo, que regañan de los valores de nuestra cultura; a esos predicadores  Arturo  Jaurteche les llamaba “profetas del odio”.  Son los lobos de los que deben cuidarse las ovejas. Son los que bajo el pretexto de que todo pasado fue mejor nos quieren retrotraer a una vida sin progreso social, sin sueños de libertad y de liberación, dónde mudos y sordos frente a la injusticia dejemos de soñar y luchar por un mundo nuevo. Pero todos ya sabemos que los mueve un interés egoísta y que en verdad lo que persiguen es convertirnos a todos en autómatas de sus deseos. Una nueva cultura, de unidad nacional, de justicia y solidaridad social y de amor al prójimo es posible en América Latina y nos está esperando a las generaciones actuales y los por venir,  para ser realizada