«Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Navidad!», comenzó diciendo el Papa en su mensaje dirigido a todos los hombres y mujeres del mundo desde el balcón central de la Basílica Vaticana el pasado martes 25 al mediodía.

El trato de «hermanos y hermanas» significa que él es «hermano» de todos nosotros. Porque tanto él como nosotros somos hijos del Padre. Es Santo Padre en tanto «cabeza de la Iglesia católica» sucesor de Pedro que fue designado como tal por Jesucristo. Precisamente se lo llama vicario de Cristo porque «hace sus veces» (de hacer las veces), es la cabeza visible de la Iglesia y rige con la misma autoridad de Cristo según reza en el Catecismo de la Iglesia Católica, cc. 882.

Luego, en su saludo navideño se dirige a los dos géneros existentes «hermanos y hermanas», lo cual es la afirmación del igual respeto y dignidad que merecen hombres y mujeres, de la binaria esencial de lo masculino y lo femenino, y de nuestro parentesco espiritual.

En la Navidad como en cada celebración de la Iglesia, con el Santo Padre o con el pastor de nuestra parroquia a quien también llamamos amorosamente «padre» tuvimos un encuentro común con Dios y con nuestros hermanos. Y en ese encuentro, una vez más, nos es revelado el sentido divino del mundo.

«¿Quién es mi madre y mis hermanos? Se pregunta Jesús cuando le anuncian la visita de su madre y sus hermanos. Y dirigiéndose a quienes a su alrededor lo escuchan contesta: «He aquí mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mat. 3,31-35).

«A los fieles del lugar, a los peregrinos, y a todos los que estáis conectados desde todas las partes del mundo».

Vimos como el Santo Padre nos saludó a todos los fieles católicos. Pero cuando a continuación dice «todos» es obvio que se refiere a los que lo miran y oyen por televisión u otro medio tecnológico por el cual están «conectados». Me pregunto ¿se refiere a todos los «fieles» conectados o a todos los que de una u otra forma reciben su saludo cualquiera sea su nacionalidad, raza o religión? ¿aún a los no creyentes? Para contestar estos interrogantes nos remitimos al párrafo donde el Santo Padre extiende el deseo de fraternidad a las personas de toda nación y cultura.

Por último, es interesante destacar que el Papa hace un reconocimiento de la bondad de la tecnología que permite conectarnos para el diálogo, la evangelización y la comunión.

El saludo es «…para renovar el anuncio gozoso de Belén: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14)»

Lo que el Ángel que bajó de los cielos dijo a los pastores tras el anuncio fue: «En la ciudad de David (Belén) acaba de nacer un Salvador que es el Cristo Jesús».

«Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12).

¿Por qué eligió Dios todopoderoso nacer en un pesebre? Porque como toda su vida entre los hombres lo atestiguará, «ha venido para ofrecer una nueva forma de vida, caracterizada por la felicidad y la bienaventuranza para los pobres, la libertad para los cautivos, la vista para los ciegos, la voz para los mudos, el andar para los cojos, la liberación para los oprimidos…es decir su anuncio son los pobres, pecadores y excluidos…», dice el padre Julio Lois Fernández.

«¿Y qué nos dice este Niño, que nos ha nacido de la Virgen María? ¿Cuál es el mensaje universal de la Navidad? Nos dice que Dios es Padre bueno y nosotros somos todos hermanos».

El Padre bueno lo es porque es amor y somos todos hijos del amor de Dios. Esta referencia a la existencia del Padre-bien nos está diciendo que Dios es la unidad del bien, la belleza y la verdad. Por eso el Papa siempre habla del «cuidado». Una manera cristiana de vivir nos indica que es preciso cuidar desde la fe esta unidad vivificante.

«…mi deseo de Feliz Navidad es un deseo de fraternidad…entre personas de toda nación y cultura».

Aquí el Santo Padre vuelve a dirigirse a «todos» y debe deducirse de ello que nadie queda excluido. Ni los de otros credos, ni tampoco los no creyentes, sean agnósticos o ateos, los buenos o los malos, los justos o los pecadores.

Está claro, que aquí el papa se dirige a todos sin excepción. Y esto es uno de los signos más intensos de la Iglesia católica de hoy que desde luego tiene un fundamento evangélico. San Mateo registra el siguiente mensaje de Jesucristo a sus discípulos: «Pues yo os digo, Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso también los publicanos? «Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles? Vosotros pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mat. 5,44-48). Principio que no obstante no siempre estuvo vigente en la doctrina y la práctica de una Iglesia cerrada al mundo. No sólo la ayuda desinteresada al necesitado como se relata en la parábola del buen samaritano nos debe encontrar con el lejano, también la celebración o la fiesta del Señor debe permitir que nos encontremos.

Este deseo del Santo Padre, entendemos, debe considerarse, como una invitación para aquellos que nunca fueron creyentes o que habiendo sido creyentes dejaron de serlo, una invitación a la conversión o reconversión espiritual.

A propósito, ha dicho en E.G. 257 que «Los creyentes nos sentimos cerca también de quienes, no reconociéndose parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza, que para nosotros tienen su máxima expresión y su fuente en Dios…(son) preciosos aliados en el empeño de la defensa de la dignidad humana, en la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y en la custodia de lo creado.» (pág. 224).

«Todo hombre que se acerca a nosotros o a quien nosotros nos acercamos, todo prójimo —dice el teólogo P. Nothomb en Chanté envers le prochain et Corps mysíique—, es místicamente Jesús… Cristo está en el cristiano que ama y en el prójimo amado».

Por otro lado el deseo del papa alcanza a aquellos pobres desgraciados, que hacen el mal, sea por vivir acumulando riquezas sin compartirla con los pobres, sea porque toman medidas de gobierno contrarias a la satisfacción de las necesidades de los necesitados, sea porque ordenan guerras o conflictos bélicos que matan soldados e inocentes, sea porque roban o asesinan, invitándolos a que cesen en esas conductas. Están todos incluidos en los deseos de fraternidad del papa en esta Navidad.

«…la salvación pasa a través del amor, la acogida y el respeto de nuestra pobre humanidad…somos todos hermanos en humanidad» donde «nuestras diferencias no son un daño, un peligro, son una riqueza».

…»el amor, la acogida y el respeto» no forman parte de una teoría sino de una de práctica. Practicar el amor interhumano siempre y especialmente en las relaciones meramente funcionales o conflictivas, recibir, darle un lugar, admitir al otro que lo necesita y respetar a todos aún y especialmente en casos de conflicto. Es lo que entiendo nos está diciendo el papa, hacer humanismo en la consideración y en el trato.

Después hace una analogía entre el mundo y la familia «en la familia el amor de los padres nos ayuda a querernos, así en el mundo el amor de Dios, «Padre» de la familia humana, es el fundamento y la fuerza de nuestra fraternidad».

Más adelante recorre los conflictos existentes entre las naciones o internas a ellas: israelíes y palestinos, Siria, Yemen, en África, en la superación de la vieja discordia entre las Coreas, Venezuela, Ucrania, Nicaragua.

A todos los casos de conflictos entre pueblos, potencias o luchas internas, nos permitimos recordar el principio enunciado por Jorge Bergoglio y que comentamos en una nota anterior publicada en Infobae y que reza: «La unidad es superior al conflicto».

Para recordar también «a los pueblos que sufren las colonizaciones ideológicas, culturales y económicas viendo lacerada su libertad y su identidad…».

Creo que esto debe entenderse en el contexto de un mundo donde gran parte de poderes actúan ocultos, donde los gobiernos son fácil presa de la corrupción y viven encerrados en la superficialidad de las elecciones y la indiferencia hacia los que ganan el pan con el sudor de su frente. En un mundo donde los jóvenes son objeto de campañas en defensa del «todo vale», de la «libertad de matar al hijo que se desarrolla en el vientre de su madre», de la «auto agresión», de las adicciones a las drogas y muchas más distorsiones que conducen a la disolución subjetiva, a la locura y a la muerte. Donde hay «órdenes» dirigidas a los pueblos con ideologías y «olas» mediáticas que mandan ya no sólo lo que hay que comprar sino lo que hay que querer comprar. Mientras desde los centros financieros internacionales a los gobernantes le ordenan lo que tienen que querer hacer. Con la nueva subjetividad se propicia un individualismo disolvente, sin valores éticos, sin familias, sin comunidades y productor de grandes poblaciones de autómatas.

«…Paz para los que sufren por el hambre y la falta de servicios educativos y sanitarios.» Y de modo «particular a nuestros hermanos y hermanas que celebran la Natividad del Señor en contextos difíciles, por no decir hostiles, especialmente allí donde la comunidad cristiana es una minoría, a menudo vulnerable o no considerada. Que el Señor les conceda ―a ellos y a todas las comunidades minoritarias― vivir en paz y que vean reconocidos sus propios derechos, sobre todo la libertad religiosa».
Está de más decir que si hay una preocupación inmortal que caracteriza el pontificado de Francisco -desde el simbolismo de la elección del nombre hasta el último de sus mensajes -es la de la opción por los pobres que hizo Dios en su paso por la tierra, y constante también es el cuidado de los «hermanos y hermanas» católicos que son perseguidos.