En Argentina los indicadores económicos han reflejado,  en el  balance necesario de fin de año,  una descripción de la realidad económica que no deja de asombrar por su  tenebrosidad.

El proceso de derrumbamiento de la economía nacional a partir de junio de este año llevó al precipicio el valor del peso argentino, aumentó el riesgo país al segundo más alto del mundo y a las tasas de interés, las puso entre las más altas de la economía mundial. La crisis trajo además una depreciación del peso argentino de 17,66 por dólar a $40. En noviembre el país tenía la segunda inflación más alta del mundo y una de las mayores caídas del PIB, todo lo cual nos sometió de nuevo a los dictados del FMI, a cambio de rescate en dólares que inmediatamente después de que ingresan se fugan.Si fuera  la radiografía de un cuerpo humano y no de un cuerpo social, ese cuerpo estaría postrado y al borde de la agonía de la muerte. Sin embargo como es un cuerpo social, por su naturaleza, por la riqueza de su complejidad, por su variedad y por su extensión, no logra visualizarse su agonía, al contrario puede encubrírsenos, no solo por la comunicación  que lo mediatiza,  sino por la propia percepción de nuestro entorno.

Los medios de comunicación, cuando pretenden visualizar la vida social optimistamente suelen  presentar aquello que es agradable, los aspectos que son de color, propios de cualquier sociedad. Por el contrario una visión pesimista mostraría lo crítico, las manifestaciones de la descomposición social y si no es suficiente, presionarían con intensidad, la reiteración y el monologo casi ensordecedor. Es cierto  que  la realidad  hoy,  en parte  es  según cual sea la lente con la que se enfoque,  depende de cómo se resume, la  imagen que se muestre, el título, la palabra, la narración e incluso el tono de la voz y el temperamento, que se escoja,  o la fuerza con que se la señale.  Duraciones, intensidades y afectos,  configuran la idea que nos hacemos de la realidad. Es cierto también que   la manifestación de lo real, es múltiple que  la complejidad es una característica  del nuestro tiempo (por  la diversidad de elementos que  componen un  sistema y por la  convivencia simultánea de diversos sub-sistemas) y  que los sistemas sociales  son  autopoieticos  (lo propio de cada realidad de la vida está en un ámbito clausurado para los demás).

Pero por más que las fantásticas maquinarias de mostrar, recorten el mundo que vivimos, lo fraccionen, lo codifiquen, lo clasifiquen  y expandan sus  sentidos hasta que los diluyan, que rompan, como apunta Lefort, todos  los indicadores de certeza, nos encapsulen y que hasta virtualmente nos hagan cambiar nuestro humor, incluso  en relación inversa a nuestro bienestar; sabemos que al mismo tiempo es posible reaccionar, porque somos seres humanos, (no meros robots)  que aunque cada vez muy serializados, aún descreemos, criticamos, nos rebelamos, nos solidarizamos. Nunca es suficiente la totalización, y así como nos confundieron y nos esperanzaron engañosamente, también es posible cambiar de opinión,  hacer frente al influjo de las variadas formas que nos estimulan. Sobre todo cuando lo real económico lacera los cuerpos, cuando el futuro empieza a no existir, cuando la frustración empieza a lastimar  el amor propio. Ahí nace la otra realidad.  Aparece la conciencia  que lo ve claro. El cuerpo social despierta y se hace uno dando  su veredicto para evitar así  su propia agonía.