Ninguna Economía que se precie de capitalista puede avanzar sin una clase empresarial comprometida con la inversión y el desarrollo económico del grupo y a la vez del país.

Básicamente, por aquello de que nadie se realiza si no hay una realización de la comunidad. Apotegma éste que pocos reconocen, razón por la cual es fácil ver cómo hemos caído en recurrentes crisis a pesar de contar con todos los recursos naturales para el desarrollo. De la misma manera que el sector no productivo no puede crecer sin el productivo, éste último no puede hacerlo sin las condiciones que brinda el sector no productivo. De ahí el error de los materialismos de toda laya que sólo aprecian lo material y no toman en cuenta las condiciones normativas, culturales, psicológicas, sociales, históricas, etc, del desarrollo. Es habitual (incluso en el día de  hoy hay una nota periodística al respecto), criticar a la imposición estatal y atribuirle  la exclusiva responsabilidad del estancamiento económico, cuando sin estado, no habría seguridad, defensa, educación pública, salud, legislación, justicia e infraestructura para sólo citar mínimamente esas precondiciones públicas. Sería imposible un desarrollo empresarial sin estado y a la vez, no hay estado sin política, sin democracia, sin elecciones, sin participación ciudadana, sin intelectuales, sin periodistas, sin medios de comunicación, sin partidos, sin ciudadanos, entre otros actores. No es posible la realización de un sector sin los demás. La sociedad no se salva eliminando a los otros. Por eso, mientras no entendamos que no hay capitalismo sin estado, Argentina está condenada al fracaso. Comprendido el problema, no hay porqué  amparar el mal uso del gasto público, la corrupción, la ineficiencia organizacional y demás disfunciones, ni bajo ese pretexto justificar se desmantele el estado. El estado en las economías de capitalismo subdesarrollado, cumple un papel insustituible para activar la inversión y planificar el desarrollo. Es el estado el que alienta la conformación de una clase empresarial, la protege y sienta las bases estratégicas de la inversión privada y pública. Pero para eso es imprescindible un estado que tenga una agenda económica propia. Por ello la soberanía política y la independencia económica son pilares básicos para plantearse una política económica de desarrollo nacional. Si el estado está endeudado, como ahora, si está monitoreado por organismos internacionales que nos  dictan la agenda diaria de la economía, las opciones son nulas. Se lee en Aldo Ferrer que: “ninguno de los países exitosos condujo sus políticas nacionales con la visión hegemónica de centro. Todos –incluidos los Estados Unidos en el siglo XIX, siendo una nación emergente– se manejaron siempre con ideas arraigadas en el interés nacional. […] La existencia de un pensamiento propio es condición necesaria e indispensable para poder encauzar a los países por el camino del desarrollo”.

Para ese desarrollo es imprescindible la administración profesional y pública del  comercio exterior, que posibilite la competencia pero proteja a la economía interna de competencias externas asimétricas y que evite al mismo tiempo las posiciones monopólicas, en lo posible, así como posiciones puramente rentísticas. Para el avance de un empresariado nacional, se hace necesario que los costos internos no estén librados a la especulación; el subsidio a la empresa nacional es imprescindible, todas las economías del mundo subsidian a sus empresas para abaratar el precios de sus productos y posibilitar su mercado interno y a la vez satisfacer las necesidades sociales, de esa forma colabora haciendo posible la emergencia de un empresariado que pueda fortalecerse frente a la competencia de países más avanzados en tecnología y recursos. Los grandes países del mundo no abandonan a sus capitalistas, no son ciegos frente al cierre indiscriminado de empresas, porque eso afecta la vida de la nación y con ello la estabilidad política y la continuidad de la paz social.  El estado debe asistir, ofrecer crédito, proveer ciencia y tecnología para el progreso de los sistemas productivos.

El camino que ha elegido el actual gobierno, está destruyendo al empresariado nacional, está transnacionalizando a las áreas más competitivas de la economía y está hipotecando el futuro del sistema productivo argentino, con el agravante del peligro de un desempleo crónico, como vivimos en épocas anteriores.

Hay que modificar  este panorama  se torna imprescindible un estado desarrollista  que promueva el tejido empresarial, que articule el campo y la zona urbana, la economía agraria  industrial, que vincule  empresas privadas y estado, que premie al capital innovador, que propicie mercados nuevos tanto para la gran empresa como para la mediana y pequeña producción. De otro modo el camino encarado dejará todo el aparato productivo en situación de total desolación. La pretensión de resolver todo, disminuyendo impuestos, o el precio de la fuerza de trabajo es una vía que no sólo encuentra una organizada resistencia social y altera la paz social, sino que es inviable al afectar inmediatamente al mercado interno favoreciendo sólo a los grupos concentrados de capital externo o a la fuga de los inversionistas.