Ayer se conmemoró el setenta aniversario de la Constitución de 1949. La misma fue sancionada por el Peronismo cuando gobernó en su primer mandato, con Juan Perón, entre 1945/1951.

La diferencia de tiempo entre la sanción de aquella Constitución y el corriente año, es de setenta años, lo cual cuadra con el lapso de tiempo que la narración oficialista indica,  como  años del fracaso argentino. Esa Constitución, sin embargo, lejos de marcar tiempos de fracaso, fue un hito institucional, jurídico y político de Argentina, por cuanto representó la institucionalización de nada menos  que un nuevo estado: “el estado nacional, popular y social”, que significó y sigue significando la puesta en vigencia de derechos y valores  sociales que eran y son  inexistentes en las Constituciones Liberales hasta entonces conocidas.

La Constitución del 49, fue además una forma innovadora de comprender la sociedad y su relación con el estado, la producción, el trabajo y el carácter trascendente de su papel en el campo de la nación y de su  economía. Fue una pieza de ingeniería constitucional, inspirada en la filosofía social y política más avanzada de la época, que  superaba las falacias del liberalismo con su concepción atomística del orden social, su falsa antropología del individuo autodeterminado, así como su exaltación del egoísmo individual como pilar para la generación de riqueza. Por el contrario, el Peronismo consagró en fórmula de derecho constitucional a las comunidades humanas, con sus funciones y fines, en una estructura de autonomías frente al estado pero sin oponerse al estado, con formas  cooperativas y solidarias en vistas realizar fines superiores y compartidos en la convicción que por encima de lo particular e individual se erige,  majestuoso, el Bien Común  Social. Así una democracia social, federal, solidaria, justa e independiente de toda potencia externa que aspire a someterla, ha sido, sin duda, la arquitectura de aquella magnifica ley superior del estado y de la nación argentina.

Lamentablemente,  la intencionada mala memoria histórica, puso en el olvido esta Constitución, que fuera derogada por una Convención Constituyente, convocada por una Dictadura, la de 1955, que no solo derrocó un gobierno electo por la mayoría del pueblo argentino, sino que además restableció una Constitución, que no sólo había sido reformada conforme a las leyes, con autoridad legítima, sino que ya  no era representativa de los cambios históricos, ni de las demandas sociales.  Sin embargo, los que hoy argumentan que los setenta años vividos fueron los años del fracaso nacional, omiten el quiebre institucional que acaeció  mediante golpes de estados continuos, en 1955, 1962, 1966 y 1976, para impedir que gobernara  el peronismo como lo reclamaba el pueblo. La reapertura democrática, sorteó todo debate sobre aquella Constitución que  fuera  arrebatada a las mayorías nacionales, pero  su ideario y su significado aún flamean en los corazones de muchos argentinos y sigue inspirando altos y nobles valores, a pesar del manto de silencio que todavía la encubre.

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