Hay una dimensión del ser. Una, que trasciende. Una fas, que lo ilumina y lo eleva, lo hace ser más humano y hasta lo lleva hasta la santidad.

Es esa  misteriosa grandeza que oculta el espíritu y que se manifiesta en aquellos instantes en que la vida desafía, cuando la encrucijada de las circunstancias ubica a las personas frente a la instancia decisiva de decidir entre graves opciones.

Es el caso del heroísmo, que se muestra en la batalla por aquellos que hasta entonces no sabían de su valentía y dan todo de sí en el medio de la crueldad y la muerte. Un rayo de luz lo hace brillar al héroe. Como la bondad de los bondadosos, la valentía de los valientes, la heroicidad de los héroes. Así nace la abnegación y la entrega de los líderes por su pueblo, cuando son llamados por la historia a ocupar el sitial de los elegidos por las mayorías de los desposeídos, de los excluidos y los anónimos. El que mira los hechos y sólo se queda en la superficie de la existencia.

El ser inauténtico al que describía  Martín Heidegger. El que sólo proyecta en los otros su mero cálculo de lo cotidiano. El que no ve el misterio del ser, del acontecimiento, ni de la providencia divina interviniendo invisiblemente, en cada suceso de la vida humana, está ciego de ver lo que ven los pueblos de sus elegidos. Los confunde con oportunistas y malechores, los condena y los odia. Es la historia en su repetición infinita. La de los profetas que en pos del vulgar concepto de sus  odiadores, fueron sacrificados en nombre de la verdad de los poderosos. Los mártires de la historia, que regaron con su sangre la superficie de los recintos frente al poder que los miraba atento en su agonía. Son los líderes populares que aquí y allá, padecen la injusticia de su persecución por servir a las causas nobles de los débiles, de los sin tierra, de los sin pan, de los sin futuro, que padecen la verdadera miseria de los verdaderos miserables, la ausencia de amor a sus congéneres.

Esos líderes populares, en el mundo, en América Latina y en Argentina,  cuya persona representa la esperanza nunca perdida de los que sufren, son en política como un oasis en el desierto, porque de ellos y de sus realizaciones pende el destino de millones de seres humanos miembros del pueblo. Sólo así se entiende la historia del peronismo. Sólo así  es posible de comprender  que tras dieciocho años de resistencia frente a la violencia y la muerte de las dictaduras y la proscripción, el pueblo argentino jamás abandonó a su líder Juan Perón, porque de hacerlo hecho hubiera abandonado su esperanza de ser y de realizarse.

El pueblo elige sus líderes, no lo es líder el que lo desea, si no el que ha sido elegido para ello. En ese concepto también Evita fue una de sus líderes populares. Elegida, no autodesignada. Líder carismática, porque fue dotada del  carisma, que es un  don, una  luz, el  óleo sagrado,  de los que el destino eligió para guiar a su pueblo. Eva, ella fue una líder y será una bandera  del pueblo argentino y de la causa universal de los descamisados, de los desposeídos, de los pobres, de los que sufren más que nadie en este mundo. Por eso hoy la recordamos y la seguiremos recordando.

Texto: OSCAR PEDRO RIVERO VIVES.