Uno de los más célebres pintores del paisaje, gran retratista de sus costumbres y sus habitantes, el artista Benito Quinquela Martín, fue abandonado en una casa cuna a los pocos días de nacer, el 1 de marzo de 1890, y murió el 28 de enero de 1977.

«Mi vieja me conquistó en seguida y desde el primer momento encontró en mí un hijo y un aliado», contaba Quinquela sobre Justina Molina, la indígena correntina que lo adoptó a los seis años de edad junto a Manuel Chinchella, ella analfabeta y él un carbonero recién llegado de Italia.

El 21 de marzo de 1890, un varoncito de pocos días es abandonado en la Casa de Niños Expósitos con un cartelito que dice: “Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín”. El huerfanito vive allí hasta que a los siete años es adoptado por Manuel Chinchella, dueño de una carbonería en La Boca. El niño recibe una breve escolarización porque al poco tiempo debe incorporarse a la empresa familiar. El trabajo es duro, pero Benito aprovecha para trazar, con pedacitos de carbón, sus primeros bosquejos.

A los diecisiete años empieza a estudiar dibujo y pintura con Alfredo Lazzari, pero el viejo Chinchella se opone y esto lleva a una pelea que termina en un abandono de hogar. A los 20 años expone en la Sociedad de Socorros Mutuos de La Boca. Luego, en 1918 cuelga sus cuadros en la galería Witcomb, firmando ya como Benito Quinquela Martín. En 1922 pinta “Crepúsculo”, su tela más querida y por la que tiempo después Mussolini le ofrece un cheque en blanco, que Quinquela rechaza.

Es un pintor original, que a partir de 1921 inicia un recorrido llevando su talento a Brasil, EEUU, Francia, España e Italia. Por supuesto, en el país su obra no cae bien entre los críticos adocenados por el poder colonial. Alguno ha llegado a decir que Quinquela “pinta sus cuadros con gomera, esa de las que se usan para cazar pajaritos”. En 1938 inaugura el Museo de Bellas Artes de La Boca.

Desde allí desarrolla una importante labor social, poniendo en marcha una escuela primaria, un consultorio odontológico, un lactario, el teatro de La Ribera y una calle para el arte popular: “Caminito”. Pintor original, sus cuadros expresan la vida rústica del puerto, los barcos y esos estibadores que –como ha dicho Osiris Chierico- trabajan “Doblados bajo las bolsas, en un desfile incesantes de hormigas agobiadas por el peso de la comida – y de una comida que escasamente es para ellos (…)”. Muere, luego de dejar pintado con alegres colores su propio ataúd, el 28 de enero de 1977.

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