Por Martín Zuleta, Abogado, Docente. 11/08/2020

Sin dudas que el principio de acuerdo para la reestructuración de la deuda con los bonistas extranjeros ha sido hasta ahora la mejor noticia generada por la administración de Alberto Fernández. Tan importante que todos los sectores de la coalición de gobierno pretendieron “anotarse unos porotos” y por primera vez el presidente salió a marcar la cancha al adjudicar el “éxito” a su ministro de economía Martín Guzmán, es decir, a sí mismo. Desde el comienzo de la gestión la única medida económica que el gobierno impulsó claramente fue la necesidad de reestructurar la abultada deuda heredada de la gestión macrista que no pudo encontrarle la vuelta al descomunal déficit fiscal que dejó el kirchnerismo, agravado por la falta de voluntad en avanzar con un ajuste fiscal que lleva años esperando. Lo que nadie en la clase política quiere reconocer es que el gran problema económico arrastrado por décadas es el déficit fiscal, que se termina financiando con mayores impuestos, contrayendo deuda, emisión monetaria o todo esto a la vez.

El haber alcanzado un acuerdo, más allá de la retórica a favor y en contra, es una muy buena noticia para el presidente, para las provincias y también para las empresas privadas, ya que despejado el panorama nacional se abre la puerta para que los distritos puedan también encarar la reestructuración de sus deudas provinciales -principalmente la provincia de Buenos Aires- y para que las empresas aspiren a fuentes de financiación externas cuando todo se empiece a normalizar. El gobierno terminará obteniendo un gran respiro al “patear” los vencimientos y poder pensar en un plan de reactivación como su principal preocupación.

Nadie puede dejar de reconocer que el propio presidente encaró una gira presidencial por europa con el principal objetivo de conseguir el respaldo suficiente para renegociar la deuda con los acreedores y con el FMI, y por ello haber conseguido un principio de acuerdo con los principales fondos de inversión, que se terminará de cerrar sobre el 20 de este mes, es mérito de Alberto. La idea instalada de que Massa y su lobby ayudaron a destrabar las negociaciones no le resta mérito a un presidente que puso entre sus prioridades la reestructuración. Ahora, que Sergio Massa haya pretendido mostrarse públicamente como uno de los responsables del acuerdo despertó la desconfianza y avivó las internas dentro de un gobierno que hasta ahora se ha mostrado muy inclinado hacia el kirchnerismo.

Lo cierto es que el presidente vió peligrar su estrategia en más de una oportunidad fundamentalmente por los embates que de manera directa o solapada llevaron adelante desde el kirchnerismo principalmente Axel Kicillof y Cristina Kirchner. El gobernador bonaerense a principios de año se adelantó a la negociación nacional y generó un clima de tensión con los mercados al amagar con un default de la deuda provincial, asumiendo una conducta temeraria que nadie puede pensar como un descuido. Más recientemente Cristina salió a cuestionar el acercamiento del presidente hacia los sectores empresariales y productivos, citando a economistas afines a su espacio, lo que fue visto por el mundo político y de las finanzas como una clara intención de marcarle la agenda a Alberto y a su ministro Guzmán. Mención aparte merece la movida kirchnerista con la fallida expropiación de Vicentin que fue finalmente abortada cuando el presidente comprendió que ese no era el mensaje que estaban esperando los mercados.

Desde el kirchnerismo sacaron ventajas de la acotada misión que Alberto Fernández le encomendó a Guzmán, al que se encargaron de calificar como “el ministro de la deuda”, y aprovecharon el descuido presidencial para avanzar con sus delirios ideológicos. Pese a todo el presidente y su ministro pudieron sobrellevar los embates y están a punto de cerrar un gran acuerdo. Punto a favor del ministro de economía que ha tenido que soportar desaires y ninguneos hasta del propio equipo presidencial. No olvidemos que en más de una oportunidad el propio gobierno hizo circular la idea de incorporar al gabinete a destacados economistas, como Roberto Lavaghna, con la intención de relanzar la gestión.

Visto el optimismo que generó el acuerdo es más que probable que Martín Guzmán tenga ahora la gran oportunidad de diseñar un plan económico para capitalizar de la mejor manera posible -a favor del presidente- el rebote de la actividad que todos los economistas serios avizoran para el año próximo. Rebote que no necesariamente debe entenderse como crecimiento. Un plan económico diseñado por el propio Martín Guzmán quien es visto hoy claramente como un “albertista”, que sea capaz de mostrar una recuperación de la economía -el gobierno deberá tener la habilidad de convencer a la sociedad que el rebote es crecimiento aunque no lo sea- puede ser la llave política que le permita al presidente el año próximo sentarse a discutir los nombres de los candidatos al parlamento y neutralizar el poder del kirchnerismo.

Es cierto que falta mucho trabajo por delante. La reestructuración con el FMI es otro cantar, ya que para lograr un acuerdo con el Fondo sí se necesita un plan económico que debe ser auditado por el organismo. Acá jugarán un papel central los líderes de la comunidad internacional con el Papa Francisco a la cabeza -cuya “mano” empiezan muchos a ver en la suspensión del tratamiento del proyecto del aborto-, y en un contexto internacional de absoluta excepcionalidad es de esperar que el Fondo esté más abierto al diálogo y a ponderar la situación nacional. Los analistas económicos más importantes hablan que incluso el organismo ha sido con sus declaraciones un gran aliado del gobierno en la negociación con los acreedores privados y por ello descartan un acuerdo para prorrogar vencimientos.

Todo lo dicho hasta acá nos sirve para tener un punto de partida, pero de ninguna manera es suficiente para solucionar los graves problemas económicos tanto estructurales como coyunturales. Los problemas más urgentes son de coyuntura y están relacionados con la administración de la crisis sanitaria y la salida de las restricciones impuestas por la interminable cuarentena. El gobierno y la sociedad deben encontrar una pronta salida con un retorno cada vez más amplio de las actividades económicas. No se trata de ser anti o pro cuarentena, la realidad es que la economía no aguanta más y el gobierno lo sabe. En este sentido el problema es más político que económico, ya que esto exige que el gobierno deje de lado el discurso demagógico y apele más a la responsabilidad social que al miedo. Políticamente hablando al presidente le ha ido muy bien con la cuarentena, ya que le permitió al menos por un tiempo exhibir algo positivo cuando no tenía nada que mostrar, pero actualmente con una escalada en los casos de contagio y una economía devastada la cuarentena le está jugando en contra. Ya lo decía Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Al gobierno se le terminó el tiempo de mostrar a la cuarentena como algo exitoso. Los números hoy le juegan en contra desde lo sanitario y por ello deberá apuntar rápidamente a la recuperación económica. Por otra parte, el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, ha logrado salir mejor parado que Axel Kicillof y que el propio presidente y está demostrando una cintura política digna de imitar, acompañando las políticas nacionales pero interpretando mejor el reclamo de sus vecinos. Ya empieza a ser visto como un peligroso contendiente electoral por el oficialismo que está reaccionando mal y tarde. Los ataques que reciba Larreta serán vistos de acá en más como la evidencia de que el oficialismo le teme.

Los problemas estructurales son más complejos y están relacionados con la incapacidad de la sociedad en su conjunto para entender que hay ciertas bases fundamentales para que los países sean exitosos. La seguridad jurídica, la iniciativa privada, el ahorro, el equilibrio fiscal, una fuerte apuesta por la educación para el empleo y la innovación, son algunos de los temas sobre los que debemos ponernos a trabajar, pero también necesitamos encararlos con políticas programáticas para lo que se necesita de una dirigencia política a la altura de las circunstancias. Tener a la sociedad en esta especie de “grieta ideológica” que nos debate entre déficit, endeudamiento, inflación, corrupción y asistencialismo crónicos no hace más que jugar a favor de los sectores que piensan a la política como manera de sostener a una casta -la política, sindical y empresarial- ensimismada e incapaz de abandonar sus privilegios que siempre están relacionados con su cercanía al poder. Un país donde los únicos “negocios exitosos” son los relacionados con lo público no puede ser tenido como confiable.

Un ministro casi desconocido, con bajo perfil, enfocado en su tarea y sin entrar en polémicas ideológicas puede ser el modelo que convenza al presidente sobre la necesidad de construir un “albertismo” como alternativa superadora que abandone la retórica confrontativa de un kirchnerismo incapaz de pensar en una Argentina para todos. El acuerdo con los bonistas casi cerrado, el desistimiento de Vicentin y el reciente anuncio de no tratar el aborto en este año legislativo son muy buenas señales. Fuentes cercanas al gobierno ya están hablando de una posible postergación del proyecto de reforma judicial con el mismo argumento: no son los mejores tiempos debido a la pandemia. De concretarse podría ser otra muestra más del comienzo de una emancipación “albertista”.

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